“Blade Runner”: Cuando los clásicos no envejecen.

Si se tuvieran que elegir tres o cuatro películas que han modificado el curso de la cinematografía, películas que, además de excelentes, tuvieran el peso suficiente como para influir a todas las generaciones posteriores de cineastas, probablemente vendrían los mismos nombres a la cabeza. Encontraríamos, tal vez, películas como El nacimiento de una nación (1915) por establecer las primeras (y a menudo definitivas) bases del lenguaje cinematográfico, otras más manidas como Ciudadano Kane (1941), Al final de la escapada (1960) o El padrino (1972) por reinventar la técnica y llevarla a cotas desconocidas, o incluso Con faldas y a lo loco (1959), la comedia reina, humor fusilado una y mil veces. Encontraríamos, sin duda, el mítico film de Ridley ScottBlade Runner (1982), una de las películas de cabecera de la generación más joven, y sin embargo, en este caso, resultaría muy difícil adjudicarle una particular virtud, un apellido definitivo porque Blade Runner representa muchas cosas. Es, por un lado, la culminación artística del género de la ciencia ficción junto con otras como Metropolis2001, Odisea en el espacio, pero no debería ser encuadrada en el género alegremente, ya que encajaría con la misma suavidad en el marco del cine negro clásico. Es, al tiempo, la película de calidad más representativa de la estética ochentera (lo cual no sé sabe si es bueno o es malo), pero en ningún caso la reivindica sino que hace uso de ella como parte de una fotografía tremendamente cuidada y resultona, pero sobre todo efectiva. Y también es la viva imagen de los miedos modernos, los nuevos planteamientos filosóficos y científicos, la antiutopía que nace hoy con tomates transgénicos y termina allí, en el mundo gris aterrorizado por robots sanguinarios semejantes a humanos y hombres con el alma dormida. No hay saco para Blade Runner.

 

Harrison Ford

En detalle: Los Ángeles, 2019. La poderosa Tyrell Corporation ha desarrollado una serie de robots, los Nexus 6, mediante ingeniería genética con el objetivo de que sean “más humanos que los humanos”. Estos robots – de reminiscencias casi nazis, el gimnasta rubito perfecto – se denominan “replicantes” y son esclavizados para realizar tareas en las colonias exteriores de la Tierra. Son más ágiles, más fuertes y carecen de una respuesta emocional o empática comprensible. Tras un sanguinario motín, todos ellos son declarados ilegales en la Tierra. Surge entonces una brigada especial encargada de su caza en el sentido más estricto del término, los Blade Runners. Rick Deckard (Harrison Ford) es un ex-blade runner llamado a volver de su retiro para encontrar y eliminar a unos replicantes particularmente peligrosos: Roy (un excelente Rutger Hauer), es un comando; Leon, soldado y obrero que acaba de matar a otro blade runner; Zhora una trabajadora sexual entrenada como asesina y Pris (Daryl Hannah, más guapa que nunca en toda su carrera), denominada “un modelo básico de placer” capaz de seducir a cuaquiera. La gran condición limitante de los replicantes es su esperanza vital. Viven, exactamente, cuatro años. Entretanto, Deckard visita la Tyrell Corporation y conoce a Rachael (Sean Young, piedra preciosa del film), la secretaria, que resulta ser una replicante experimental a la que se le han implantado recuerdos artificiales para controlar su desarrollo emocional. En fin, lo de siempre: “tipo duro” y “chica mona” parece que se quieren, y todo lo que ello conlleva cuando uno de ellos es un robot. La película relata la búsqueda de los replicantes tras el aspecto de una película de acción y funciona como tal, pero las preguntas van surgiendo: Deckard, inevitablemente, cuestiona el sentido de su labor. Rachael lucha contra su propia naturaleza. El mismo espectador se interroga acerca de lo que sucede, de la moral con la que debe ser juzgado todo el proceso, de parte dequién estamos. Y así la pelota que constituye el planteamiento filosófico soterrado rueda, engordando, y su peso es magnífico y brutal.

Pero no puede hablarse de Blade Runner en términos generales como una única película. Blade Runner son, de hecho, siete películas. Existen siete versiones considerablemente diferentes, aunque sólo dos de los montajes son realmente conocidos: La versión original del estreno motivada por las presiones de la productora, que transcurre bajo el ala protectora de una voz en off, la voz del propio Deckard que deja poco a la imaginación del espectador, en la que también se eliminaron una serie de secuencias oníricas alejadas de lo real y se edulcora el final, como buena producción de Hollywood que es, sin dejar de resultar una película oscura. La otra versión es el “Director’s Cut”, estrenada años después, en la que se incluyó la ya mítica secuencia del sueño del unicornio, se suprimió la voz en off – corre el rumor de que el propio Harrison Ford, que se oponía al uso de esta forma de narración en la película, realizó una grabación mediocre de su voz intencionadamente para que fuera descartada por los productores en la primera versión – y se prescindió de elementos conciliatorios gratuitos que restasen peso al verdadero mensaje del film.

 

Imagen de la película "Metropolis" (Fritz Lang)

En cualquiera de los casos, la idea original está basada, de una manera laxa, en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas? y su título en otra novela,The bladerunner (que nada tiene que ver con esto, sino con un tipo que contrabandea instrumentos quirúrgicos), y en el tratado de cine por William S. Burroughs titulado Blade Runner, A movie. A pesar de estas influencias, la estética de la película bebe más claramente de otras fuentes como pueden ser el film de Fritz Lang, Metropolis, del que toma los paisajes urbanos futuristas y rectilíneos que bien podrían estar esculpidos en hielo y la sensación de inmensidad inabarcable y esclavizadora; el relato corto The Long Tomorrow, escrita por Dann OBannon y dibujada por Moebius, que contiene en sus viñetas cientos de neones que rellenan el cuadro (del mismo modo que Scott utilizó cientos de neones como únicas fuentes de luz en el rodaje de la película); o del cuadro de Hopper, Nighthawks, cuyo tono guarda un extraordinario parecido con una de las primeras escenas de la película, en la que Deckard bebe solo en la barra de un bar al caer la noche.

Viñeta de "The Long Tomorrow" de Moebius

A pesar del puzzle de influencias tan heterogéneas, Scott realiza un retrato compacto y pesimista de un futuro alternativo en el que empastan como una sola voz los componentes. Un futuro que, como bien apunto Roger Ebert – el crítico de cine estadounidense por excelencia – es de los pocos en el cine que aparentan ser más plausibles hoy en día que cuando se rodó la película. Esa fantástica uniformidad no es más que el dominio de la técnica, las decisiones inteligentes: Scott eligió conferir al film un aire antiguo, con sus luces directas y de contra (donde la luz principal nunca es el sol del día sino los neones de la noche), el humo, la lluvia, y esos altos contrastes de película en blanco y negro, donde desde luego hay más negro, mucho más negro, que blanco. Y las multitudes de Los Ángeles hacinadas y miniaturizadas como hormigas a lo largo de toda la película, casi total ausencia de color de esos pequeños rostros, el espectador camina con Deckard y Deckard camina en círculos y no sabe dónde va ni de dónde viene ni si está siempre en el mismo lugar deshumanizado. Todo ello sumergido en la música de Vangelis, la combinación de una melodía clásica oscura y los sintetizadores futuristas, un futuro retro desolador que nos mece.

 

Y así Blade Runner conduce al espectador a lugares mucho más cercanos que todos tenemos bajo la piel: Un planeta en el que la investigación tecnológica florece dando lugar a máquinas relucientes, negocios mundiales y seres inimaginables, útiles, pero cuyas calles contienen la misma suciedad en cada esquina y en cada hombre, ajenas a cualquier tipo de progreso. La película toca, más o menos tangencialmente, multitud de temas que nada tienen que ver con el aspecto futurista del asunto: la femme fatale, más cerca del cine negro que de los marcianitos; el clima opresivo que provoca migraciones a las colonias exteriores; la paranoia rezuma olor a Orwell y su 1984, donde la policía está en todas partes y un poder sin rostro parece controlar al individuo, su vida e incluso su muerte. El drama moderno y conspiranoico de preguntase a dónde nos lleva la manipulación genética y de si compraremos bebés con ojos azules al peso está presente y magnificado, pero su esqueleto pertenece al drama griego clásico y su percepción del “hibris” como moral de la mesura, la sobriedad y la moderación. La consciencia del hombre de su posición en el universo. Lo que conduce a la última pregunta y tema principal de la película: ¿Qué significa ser “humano”? La percepción es una clave en la película, y se recurre a ella a través de infinidad de referencias verbales o visuales a los ojos. La película estudia el valor de la percepción como ventana de salida al mundo, pero también como puerta de entrada a nuestro interior, donde sentimos, analizamos y almacenamos información procedente de esas sensaciones, memorizamos; y el valor de esa memoria como anclaje a la realidad y a la sociedad. El film queda resumido en pocas palabras en el diálogo entre el replicante Roy, y un cínico y gélido Tyrell (su creador), al que acude en busca de respuestas:

Tyrell: ¿Cuál es el problema?

Roy: La muerte.

Hay películas que reinventan algo y hay películas que lo reformulan todo. La masa de fans enfervecidos lo sabe. Secuelas (infames), leyenda, márketin, algún documental y fenomenal respeto generalizado lo confirman, porque no se trata de otra película que ver por sus efectos especiales, aunque estos aún resulten fabulosos hoy día. Blade Runner no trata sobre los sencillo que sería contar con cachivaches imposibles y ultratecnológicos que lazasen rayos modulados aniquilantes para destruir la Tierra. No. Blade Runner trata sobre lo que significa el ser humano, incluso cuando no eres “humano”, y de cómo explicarl a un inconsciente y agotado interlocutor, aún siendo un ser artificial y carente de vínculos afectivos, lo que son las ganas de vivir y el significado de lo vivido.

 

"Nighthawks" de Edward Hopper.

Este artículo se publicó en la revista Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

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Comments
One Response to ““Blade Runner”: Cuando los clásicos no envejecen.”
  1. akira apocaliptico dice:

    alguien podria decirme donde conseguir la version original con los pensamientos de Deckar y el final del auto en la carretera

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