El miedo en el cine

“y al final, el miedo llega a expulsar

del hombre la humanidad misma”

– Aldous Huxley –

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Quien bautizase como género y único propietario del tema a las “películas de miedo”, olvidó por un momento la imposibilidad de desligar las sensaciones de los sentimientos. Denominarlo género de “terror” resulta mucho más acertado ya que de esta manera se alude a la reacción física instintiva que surge bajo alguna amenaza y que desaparece una vez desaparecido el peligro. Sin embargo, el terror es tan sólo una pequeñísima parte del miedo y la única aislable. ¿Cuántas películas se basaron en él y jamás fueron reconocidas como tal? Vamos pues, a reclasificar esos subgéneros del cine de miedo mencionando algunos de sus componentes:

El miedo aglutina dos vertientes: El “apropiado” (miedo a lo evitable y por tanto miedo útil), y el “impropio” (o miedo a lo inevitable). A partir de aquí localizamos temas universales cinematográficos a repartir entre las dos posibilidades:

Dentro del miedo apropiado podríamos encontrar el “terror” antes mencionado y sucedáneos, como subgénero “miedo tangible”. Son películas que utilizan un código particular y muy repetido en el cine. Hitchcock fue un maestro de este lenguaje: el suspense. Se basa en el desconocimiento del espectador de la situación  más allá de lo que advierte el personaje, que se encuentra bajo algún tipo de amenaza física; o bien tener conocimiento de un peligro que el personaje desconoce, como en “Psicosis”.  El espectador comparte un instinto humano de protección y automáticamente se implica en la situación de tensión. El suspense lleva al terror cuando la amenaza es extrema, como en “El resplandor”. Muchas películas, sin girar en torno a este tema, hacen uso del propio miedo del espectador para lanzar su mensaje. Por ejemplo, el miedo a la indefensión al final de “La Naranja Mecánica”, el miedo a lo desconocido o doloroso, así cómo a una inteligencia superior que encontramos a lo largo de “Apocalypse Now” donde miedo y admiración se solapan. Pero también pequeños detalles explicativos de una obra: El miedo tangible es la única respuesta verdadera de una persona, y ningún propósito, ninguna mentira, puede taparlo. Esto se da en la escena memorable de “Persona” cuando el personaje encarnado por Liv Ullmann, voluntariamente silenciosa durante toda la película, grita de terror ante la amenaza de dolor físico.

Sin embargo, el miedo físico no es el único miedo apropiado. La reacción natural ante una situación inevitable, no implica miedo impropio si se desconoce esta realidad. El “miedo al sistema” por ejemplo, es un miedo con reacción en la gran mayoría de los casos. A veces el sistema es demasiado fuerte y nada puede modificarlo, pero la expectativa de poder hacerlo lo convierte en un miedo a lo evitable. Como ejemplos de miedo al sistema tenemos todas las películas basadas en novelas anti-utopía como “Fahrenheit 451” en la que sí hay algo de luz al final del túnel. No es el caso de la adaptación de “1984” (con el mismo nombre), en la que el destino está escrito antes del comienzo de la narración. La ciencia ficción a menudo abordó discusiones filosóficas planteando un mundo con una característica muy potente y a menudo injusta que se da por asumida en ese entorno y que desemboca en el miedo de alguno de los personajes, como pueden ser “Blade Runner”, “Inteligencia Artificial” o la polémica “Matrix”. Pero existe otro tipo de miedo al sistema más cercano al espectador: El miedo a un sistema no tan universal, pero sí poderoso, en el pequeño mundo del personaje; son ejemplos una multinacional en “Smooking Room”, el mundo civilizado para el hombrecillo adaptado a la tundra en “Dersu Uzala” o multitud de películas basadas en hechos reales en los que, en determinados periodos históricos, el pueblo se hizo fuerte o débil ante el poder.  Así nos encontraremos con todo el cine anti-racismo como “American History X” o más comedido como “¿Adivina quien viene esta noche?”, pasando por un cine más documental como las recientes “El hundimiento” o “Buenas noches y buena suerte”, hasta películas que aluden, no ya a la segregación de una raza, sino más bien de un inadaptado como “El hombre elefante” (el título habla por sí solo) o de un grupo social como puede ser “La parada de los monstruos” en la que un circo repleto de tullidos y seres deformes termina por aliarse contra aquellos que osan reírse de su desgracia.

Pero la naturaleza humana no siempre es sabia, y entre nuestros temores encontramos algunos que tan sólo nos perjudican. Son esos miedos impropios, más abstractos e inútiles, que únicamente dificultan la misión (sin entrar en juicios de la nobleza de la misión). Podríamos englobarlo en el “miedo a uno mismo”. Ya sea el miedo al fracaso o incluso al éxito, por sus posteriores implicaciones: en “El Padrino” Michael Corleone teme llegar a alcanzar el éxito de su padre dentro de la mafia. La máxima expresión del miedo a uno mismo es el miedo esquizofrénico, el miedo al otro “yo” que encontramos en “Lobo”, el hombre que se sabe hombre lobo y se ata a sí mismo para proteger a los demás en una noche de luna llena, o también el miedo de Drácula a hacer daño a la persona amada en “Drácula de Bram Stoker”.

El dilema se plantea cuando no somos capaces de dilucidar si un miedo es apropiado o impropio. Esos miedos que se debaten entre un campo y otro, entre el realismo y la autocompasión, entre la protección y la autodestrucción. Encontramos aquí una amplia gama de melancolías: El “miedo a la soledad” que en unos casos empuja a los personajes a jugar a quemarse en las relaciones como en “Deseando amar”, en la que un hombre y una mujer (tan sencillo), casados pero engañados, acceden a tener una cita, y luego otra, hasta que surge el amor; en otros casos el pánico a la soledad crea en ellos una obsesión posesiva que les impide aceptar su realidad y cuyo viaje consiste en la resignación del duelo, de la muerte de la relación a una nueva perspectiva de independencia (o tal vez de un sustituto), y en los casos de más perseverancia, la incapacidad de superar el bache. En “La pianista”, una profesora de piano sexualmente extravagante, se aferra con sumisión al amor de un estudiante que la repudia; y en “Olvídate de mí”, un chico corriente lucha contra su propia memoria por conservar el recuerdo de su alma gemela. El miedo a la soledad ha dado lugar tanto a grandes clásicos como a el peor cine-TV: Tenemos “miedo al despecho”, “miedo a la muerte del cónyuge”, “miedo a las citas fallidas”, “miedo a la aventura con el amor verdadero” en oposición al matrimonio estable, y un largo etcétera.

Otro subgénero en el límite, ese el “miedo al pasado/futuro”. En él, personajes heridos reniegan de sus posibilidades y se abandonan, a veces como arma de defensa temporal, a veces para siempre: En “Azul, la protagonista, que ha perdido a su marido y a su hija, decide llevar una vida alejada de sentimientos según la filosofía de “nada me hará daño si no amo”, y al abandonar su vida, su vida la busca a ella colándose de nuevo la inevitable humanización. En “Último tango en París” una mujer se suicida. Su marido opta por el cinismo frente a las mujeres, hasta que se rinde a la evidencia demasiado tarde.

Pero al final del todo, sólo queda un verdadero miedo, aquel que en realidad los significa todos ya sea literal o simbólicamente. Y es que el “miedo a la muerte” es el único miedo que el hombre puede sentir, y por ello no tiene clasificación. Es en sí mismo “El género”, y como tal, tiene una importancia proporcional representada en el celuloide. Pero en ocasiones este miedo se hace explícito y existencial. No hablamos ya de un miedo tangible sino de un miedo al sinsentido, es el miedo al hecho mismo, al más allá o a su no existencia, incluso miedo a morir para nada. En “El séptimo sello” un caballero en plena Europa de peste negra juega una partida de ajedrez con la muerte, en “Mi vida sin mí” una madre enferma de cáncer enumera todo lo que debe de dejar preparado antes de su marcha. “El hombre que nunca estuvo allí” es digna de mención porque su peculiaridad y la incredulidad del espectador residen en la carencia de miedo del protagonista. Y para terminar, “Vivir” de Kurosawa, donde la muerte inminente despierta de un letargo de incompetencia a un funcionario. Tópico pero real. Es el miedo obvio pero imposible de obviar, ya que en él reside la razón misma de la creación.

 

Este artículo se publico en la revista universitaria La cola del gallo.

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Comments
One Response to “El miedo en el cine”
  1. Pasquale dice:

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