Bergman era una isla

 

Ingmar Bergman con la directora del documental, Marie Nyreröd.

Marie Nyreröd se describe a sí misma no como una gran directora o documentalista, sino como una efectiva fabricante de entretenimiento para la televisión sueca. Contra todo pronóstico, consiguió lo que no lograron otros tantos a lo largo de la vida de Ingmar Bergman. El director sueco fue famoso por sus comportamientos antisociales y algo ermitaños así como por su total aversión a las entrevistas, que tan sólo otorgó en unas pocas ocasiones. Hay que decir, que cuando esto sucedía era promovido en mayor medida por motivos burocráticos: lo hizo al ser nombrado director del Teatro de Estocolmo o también para defenderse en pleno escándalo público al ser acusado de no pagar religiosamente sus impuestos. Nyreröd conoció a Bergman tiempo atrás, cuando solicitó una entrevista al uso para un medio de comunicación sueco. A partir de ese momento, establecieron un contacto, primero más esporádico, luego más constante y amistoso: cartas, llamadas telefónicas, etc. Poco antes de la realización del documental comían juntos varios días a la semana. Esto es importante porque Nyreröd llegó a conocer verdaderamente bien el entramado psicológico del artista, fue una íntima amiga en los últimos años de su vida. Tras un sinfín de negativas, Nyreröd logró que Bergman, no sólo accediera a realizar una serie de entrevistas en profundidad acerca de su obra teatral y cinematográfica así como su vida personal, sino que permitió que las cámaras entraran en su casa de la isla de Faro donde vivía solo y aislado del mundo exterior. Como resultado: esta película: La isla de Bergman.

La Isla de Bergman surge a partir de una trilogía documental:Bergman y el cineBergman y el teatroBergman y la isla de Faro. La selección de imágenes de cada una de las tres partes compone el film global, La isla de Bergman, que se utilizó para su publicidad y distribución y que fue seleccionada en el Festival de Cannes. El pack se completa con la última película que realizó el director para la televisión sueca y la última que rodó en su larga vida cinematográfica: Saraband.

La isla de Bergman es un documento valiosísimo para los amantes del cine, y por cine entiéndanse todas sus formas: espectadores que comen palomitas, realizadores puristas o por divertimento, hasta lectores de diarios de rodaje, curiosos del día a día de un cineasta. El recorrido de Bergman y su modo de narrarlo desde la perspectiva otoñal de su vida nos muestra de qué forma el cine se convierte en una herramienta para el exorcismo unas veces, para el análisis (o autoanálisis) otras. Incluso pasando cada frase por el filtro del relato inevitablemente nostálgico, uno se da cuenta de la gran cantidad de sí mismo que puso el director en sus películas, o del nivel de desgarro que esperaba de los actores de sus obras teatrales que, sin haber sido escritas por él, tomaba como suyas. En su mayoría, estas obras pertenecían al mítico escritor sueco August Strindberg. Decía Bergman estar fascinado por la capacidad de su dramaturgo favorito de “fijar por escrito cada uno de sus impulsos, incluso cuando él no había sido consciente de ellos hasta ese momento”.

 

Bergman en el rodaje de "Tras el ensayo" junto con los actores Ingrid Thulin y Erland Josephson.

Es un hecho que el mundo ha alabado y encumbrado a Bergman como uno de los grandes directores de cine de la historia, pero a sus propios ojos y cuantitativamente hablando, Bergman fue ante todo un director de teatro. Dirigió El Teatro de Estocolmo durante unos pocos años, y llevo a escena más de 170 obras, una dedicación mucho mayor que la que tuvo por el cine (disciplina que comparaba con una amante, si el teatro era su esposa). Una de sus últimas películas, Tras el ensayo, trata sobre un anciano director de teatro que contempla su carrera desde ese lugar donde se sabe tener más pasado que futuro, enredando y desenredando su vida sentimental y profesional, tal y como le sucedió al propio Bergman en tantas ocasiones. Esta película fue “el testamento de su pasión por el teatro” y de la que habla largamente en La isla de Bergman.

Pero más allá del teatro, el documental discurre en gran medida a través de la visión cinematográfica del director. En la filmografía de Bergman se aprecia una progresión hacia una mayor implicación en la obra a medida que los años le atraviesan, una carga emocional procedente del propio director que, de algún modo, nos es contada en La isla de Bergman, convirtiéndose, por tanto, en el tema central de la película. El documental toca elementos de trascendencia que marcan y significan la vida de cualquier individuo pero que, en el caso de un director de cine, pueden ser analizados como una secuencia lógica, pueden ser finiquitados al revisarlos desde la vejez como si se aplicase un barnizado al mobiliario ancestral de su vida. Esa progresión en las películas de Bergman suele traducirse en un mayor componente autobiográfico y tiene su clímax en la que prometió ser su última película, sin serlo, pero que sí fue la última que rodó para el cine: Fanny y Alexander. Bergman cuenta en el documental cómo su infancia transcurrió en un lugar semejante, bajo la tutela de un pastor luterano – en el caso de Alexander es un Obispo que se convierte en su padrastro tras las segundas nupcias de su madre, en el caso de Bergman era, directamente, su autoritario padre – que les humillaba como forma sistemática de educación. El imaginario del Alexander también es el del director: las formas surreales en movimiento, el recuerdo de los colores, la obsesión por los relojes, y el miedo.

 

Erland Josephson y Liv Ullmann en "Secretos de un matrimonio"

Otro de los objetivos de la entrevista es explicar la profesión del cineasta del modo más fielmente posible en términos de las pulsiones que guían la creación y de cómo ésta se lleva a cabo. Por ello, la mayoría de las preguntas son de naturaleza técnica o histórica (“¿qué supuso tal o cual película en el contexto de tu carrera cinematográfica y en las relaciones con las productoras?”,”¿Cómo corriges tu trabajo?”, etc.), pero en ocasiones deben sumergirse en el universo sentimental del autor. Por ejmplo, en Secretos de un matrimonio, se refleja casi palabra por palabra el diálogo que tuvo Bergman, 20 años antes, con su ex-esposa Ellen cuando volvió a su lado únicamente para abandonarla por otra mujer. La crueldad del momento se convirtió en una espina de culpabilidad de la que únicamente pudo liberarse al rodar la escena. La película entera gravita alrededor de los intercambios de poder dentro de una relación en el tiempo, las reacciones generadas por las dudas del otro, el caos emocional que se revuelve dentro de cualquier pareja aparentemente estable y la capacidad que tiene cada una de ellas de explotar imprevisiblemente. Algo de lo que Bergman, divorciado, redivorciado y vuelto a divorciar (tuvo seis o siete parejas importantes a lo largo de su vida, y una cantidad innumerable de hijos desperdigados por su cronología) debe de saber mucho, mucho.

Se habla también de su último rodaje. A pesar de que proclamó el fin de su carrera como cineasta al finalizar Fanny y Alexander, su última película fue hecha para televisión como una secuela deSecretos de un matrimonio tras 30 años de distanciamiento de la pareja protagonista. Se trata de Saraband y que, como broche final de su filmografía, viene incluido en la edición del pack.

Saraband¸ zarabanda, es una danza española del s. XVI: una pieza musical que se introdujo en las suites barrocas y que está compuesta por diez movimientos, un preludio y una coda. Estructura que toma prestada Bergman y que constituye el esqueleto formal de la película, tanto estructuralmente como musicalmente. La melodía del cello nos lleva de conversación en conversación, depositándonos en el centro sentimental de las escenas, infiltrándose en el argumento como componente principal de su eje (muchacha joven y talentosa quiere ser concertista pero papá la retiene como objeto de una dependencia enferma hasta la lascivia). La música explica la pasión de los personajes, hasta dirigirnos a la conclusión final.

 

El director de cine Ingmar Bergman.

Resulta curioso ver Saraband con la idea de que fue la última película de un genio ya que, aún siendo excepcional, se trata de una obra menor (o al menos de menores pretensiones). Carece por completo del experimentalismo del que tanto hizo gala en las que el llama “sus películas más logradas” – éstas son PersonaGritos y susurrosLos comulgantes-. Ciertos planos son tan clásicos que podrían achacarse a la pereza de la vejez, pero de ello también se extrae una declaración final de su palabra como director. Bergman fue eliminando paulatinamente de su filmografía los elementos accesorios, concluyó que es la emoción la que lleva en brazos al espectador y no los efectismos formales. Es por ello que lo que distingue a Saraband de películas anteriores, o más bien lo que la perfecciona, es la brutal honestidad del guión. Si el cine de Bergman siempre estuvo gobernado por los altibajos de su vida personal, él como individuo termina por definirse y alcanzar una suerte de paz espiritual al aceptar su propia historia, sus fallos y su crueldad. Habla en el film, entre otras cosas, sobre una relación padre-hijo en la que el padre hace ya tiempo que ha renegado con absoluta frialdad de su familia. Bergman habla a través de su actor fetiche, Erland Josephson, en el personaje de Johan y lo hace con total franqueza, sin dramatismos. El horror nos los deja a nosotros. También se genera una idea general a lo largo del film acerca de lo indefinido de las relaciones sentimentales, de la ausencia de destino o de verdades preclaras, incluso cuando uno se acerca a la muerte. Y la muerte, un miedo que es el mismo en todos, sea cual sea la fase de la vida y frente a la que nos enfrentamos desnudos.

Bergman dice, simple y llanamente, que el cine debe ser el reflejo de la vida, y la tarea de un buen director es la de ser capaz de acercarse a ella hasta los lugares más profundos del inconsciente colectivo e individual. Lo dice en sus películas y lo desmenuza en el cara a cara de La isla de Bergman (en sus tres largas disecciones de la trilogía documental que se incluyen en el pack). Las películas de Bergman se explican por sí solas (con mayor o menor dificultad), pero uno no puede dejar de emocionarse al escuchar las palabras del autor y sentir que su obra crece en nosotros con ello, las ilumina con un fenomenal discurso. Saraband es el broche de oro de una fantástica edición de DVDs y, en verdad también, de toda su carrera.

Este artículo fue publicado en la revista Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

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