“El dinero”. Legado de Robert Bresson.

Robert Bresson, el asceta del cine francés que al final de su vida se encontraba en un periodo de sequía cinematográfica, eligió un relato de Leon Tolstói titulado El cupón falso para basar en él el guión que rompiera su silencio. Seis años después, con una adaptación escrita, libre – acomodada a la actualidad – y tras infinitas disputas y rechazos por parte de todas las productoras, logró que la televisión pública y el Ministerio de Cultura se involucrasen y financiasen el proyecto. Llevó a cabo la que fue la última película de su vida: L’Argent (El dinero, 1983). Como espectadores dispuestos a conocer aquello a lo que ha dado lugar la obra de Tolstoi, no debemos ser ingenuos y asumir normalidad o fidelidad. Ya lo dijo Jean Cocteau: “en este oficio terrible, Bresson es un caso aparte”.

"El dinero" de Robert Bresson

La película parte de una idea muy intuitiva y del todo familiar: Todos nos hemos preguntado alguna vez “¿de dónde vendrá este billete de 10 euros?”, “¿por qué manos habrá circulado?”, “¿contiene residuos de otras manos o de alguna maldad en la que haya servido como pago?”. La película actúa como una cámara que sigue el curso de uno de estos billetes, uno falso, para ser exactos. Así, el billete comienza a relatar su historia desde las manos de un joven adinerado de dudosa moral, que compra un marco barato en un estudio fotográfico, aprovechando la ingenuidad de su dependienta y quedándose con una suculenta vuelta. La estafa se ha consumado a los ojos del espectador. El jefe, tras descubrir la trampa, paga a Yvon, uno de sus más modestos empleados, con él, lo que desencadena una serie de desgracias en su vida que le acaban llevando a perderlo todo: trabajo, familia, integridad e incluso la libertad. De este modo, el billete va dejando de ser un mero canal geográfico que pasa de una casa a una tienda, y de una tienda a un bolsillo, sino que se convierte en portador del destino, modificando las vidas de aquellos que lo toman, condenándolos cuanto más ingenuo sea el portador, como si la mezquina intención que lo hubiera engendrado se encontrara de algún modo presente sobre su manoseada superficie. Bresson muestra como hay, en el dinero en sí, un poder corruptor, y más allá, en el hecho de construir físicamente una herramienta de perversión como es un billete falso, una necesidad de ser perpetuado como tal. Un tesoro maldito, en sentido estricto, que parece tener un plan y conciencia propia.

Robert Bresson

Sí, Bresson es un caso aparte. Su forma de narrar es tan particular que le ha valido, por un lado, inspirar a infinidad de directores y verdaderos aficionados al cine, y por otro, ser ignorado por la masa. La historia de nuestro billete es una historia concreta, fácil de seguir y que sin embargo no nos es contada. La cámara acude selectivamente a aquellos momentos que suponen un giro, que predestinan algo o a alguien, como si se tratara de los vértices de un árbol del revés, en el que número de ramas disminuye drásticamente con cada suceso, dejando finalmente un único camino posible a recorrer, que asumimos sin que nos sea mostrado. Resulta paradójico que Bresson reclamara para su obra la definición del cinematógrafo, dada por los hermanos Lumière: “aparato que registra imágenes en movimiento”, porque el movimiento relatado está constituido en verdad por imágenes estáticas, puntos clave, y que funcionan como símbolos universales en la mente de todos. Para Bresson, el cine debe ser despojado de todo elemento ajeno al puro lenguaje cinematográfico, entendido como las imágenes reveladoras dentro de un ritmo que se bastan para hacernos comprender. De esta idea tan sencilla surge el estilo y la estética del director.

Para entender cómo dirige Bresson, no hacen falta más que un par de detalles: Por ejemplo, a lo largo de toda su carrera como cineasta, únicamente utilizó un objetivo de 50mm. No necesitaba ninguna otra cosa. Sus planos evitan toda clase de efectismos, a su juicio innecesarios, restando el uso meramente práctico que busca poder mostrar el hecho y nada más. En ocasiones, ni eso. La película, como todo el cine bressoniano, está plagada de elipsis y recursos economizadores, severos. Los diálogos son escuetos y funcionales, lejos de cualquier lirismo, tanto lingüístico como de actuación. Es aquí donde reside una de las verdaderas características de su cine. Bresson se fue orientando, a lo largo de su carrera, hacia la precisión, hasta establecer un tipo de actuación con personajes a los que denominaba “modelos”, porque no pretendían cobrar volumen ni complejidad sino representar una tipología de persona, o incluso un elemento social más abstracto. Estaban encarnados siempre por actores no profesionales (a ser posible que no hubieran estado nunca en contacto con el mundo de la actuación), para buscar lo que muchos han considerado “la total desdramatización”. Esta puede ser una interpretación errónea. Es cierto que sus personajes actúan siempre de un modo terroríficamente frío que parece alejarlos de su humanidad, no tanto por sus actos sino por el tono de voz empleado, o la inexpresividad desproporcionada, pero el objetivo es otro: El verdadero drama puede prescindir de efectos gratuitos. Se encuentra en estado puro, casi virginal e inmutado. La acción se centra en las pocas palabras necesarias para hacerla avanzar, a veces en movimientos, un gesto o un cuadro que contiene ya todos los elementos para lanzar un mensaje. A veces el mensaje se muestra con más potencia, precisamente, ocultándonos los hechos. Esta economía de recursos se tradujo, también, en aspectos prácticos de la producción: los escenarios son casi siempre naturales y de poca complejidad en los que se hace uso de luz natural. Su resultado es el sustrato real de la cinematografía de Bresson, que se construía desde un lugar posterior al rodaje. Decía: “Si se requiere solo al ojo, el oído se impacienta. Si se requiere solo al oído, se impacienta el ojo. Utiliza esas impaciencias”. El montaje cuidadoso de fotogramas, sonidos y ritmo es la verdadera esencia de El dinero.

Una escena de "El dinero" por Robert Bresson.

Pero ¿de dónde procede esta austeridad casi religiosa? ¿Qué principios morales le llevaron a tratar temas complejos con semejante simplicidad? A menudo se ha querido conferir a la obra de Bresson una moralina que aconseja patrones de conducta y condena otros por estar regidas por la verdad absoluta del bien y del mal, pero en el marco de un mundo en el que siempre existe la posibilidad de redención. Se le ha considerado un artista “espiritual” o “trascendental”, que además utiliza imaginería Católica con frecuencia. Sin embargo Bresson no era afín a este espíritu ecuménico de la Iglesia y se aferraba a una religiosidad mucho más cruda y propia, procedente de lecturas fundamentales, entre ellas las de George Bernanos – que inspiró algunas de sus películas precedentes – como si el destino extendiese sus maquiavélicas manos castigando a culpables y cabezas de turco a partes iguales. Una idea de Dios ejecutor inmisericordioso que gobierna y al que hemos de obedecer. Bresson rechazó todo análisis psicológico sobre sus películas, donde, a menudo, lo que se interpreta como simplismo es en realidad minimalismo sin connotaciones. Sin embargo, no hay que menospreciar la capacidad de remover espíritus a partir de sus visiones descarnadas. Marguerite Duras dijo de él: “cada película suya me agita como si viera el cine por primera vez en mi vida, como si él trabajara en un lugar secreto y tuviera la única llave de acceso”. Es desde aquí donde debe verse el cine de Bresson. Puro y efectivo, con una capacidad narradora al más puro estilo francés, pero al tiempo personalísima, a través de la cual actúa sobre nuestras conciencias. El dinero es su última película, aquella en la que siguió más fielmente los principios que se impuso acerca de la moral y el lenguaje cinematográfico. Se trata, por tanto, de la culminación de su pensamiento y el perfeccionamiento de su técnica.

François Godard dijo una vez que “Bresson es al cine francés, lo que Dostoyevski a la literatura rusa, o Mozart a la música alemana”. Muchos consideran que El dinero fue, sencillamente, “su Réquiem”.

Este artículo se publicó en la revista Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

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